La alimentación adecuada durante la infancia condiciona el crecimiento, el aprendizaje y el desarrollo integral de niños y adolescentes. Por eso, los datos sobre el alcance de los programas alimentarios en Tucumán merecen ser observados con atención. No sólo desde el aspecto presupuestario, sino también como la radiografía de una realidad social que plantea desafíos de largo plazo.

En nuestras páginas y plataformas informamos sobre un reporte oficial del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia que detalla que más de 310.000 niños, niñas y adolescentes acceden prácticamente a diario a algún tipo de asistencia alimentaria del Estado. La cifra adquiere todavía una mayor dimensión si se considera que 310.081 alumnos reciben desayuno o merienda en 1.195 establecimientos educativos, una cobertura que alcanza a cerca del 70% de la matrícula de estudiantes del sector público. A su vez, casi 116.000 chicos almuerzan en 710 instituciones y, en muchos casos, ambas prestaciones se superponen. Es decir, que en estos casos, se cubre más de una comida fuera de sus casas.

A estos dispositivos se suman los comedores infantiles, los Centros de Cuidado y Nutrición Infantil y los Centros de Desarrollo Infantil, que alcanzan a casi 16.000 chicos; las cocinas comunitarias, a las que concurren cerca de 10.700 niños y adolescentes; y otros programas específicos. La Tarjeta Alimentar Independencia, por su parte, cuenta con más de 111.000 titulares.

Sostener esta estructura demanda una inversión considerable. Según los datos oficiales, el presupuesto destinado a los programas alimentarios para la niñez pasó de $130.335 millones en 2025 a $166.191 millones este año, lo que representa un incremento del 27,51%. También se incorporaron 28 establecimientos al sistema de comedores escolares y aumentó un 25% el monto unitario destinado a las raciones que reciben los menores. La extensión de esta cobertura muestra la relevancia de este tipo de políticas públicas. La escuela dejó hace tiempo de ser el lugar donde los chicos solamente aprenden. Cumple también una función social decisiva, al garantizar una parte importante de su alimentación de todos los días.

Hay otra lectura que es más profunda. Que una proporción tan significativa de niños y adolescentes necesite del Estado para cubrir una necesidad tan básica habla también de las dificultades que atraviesan numerosos hogares de la provincia. Las organizaciones sociales que trabajan en el territorio describen una demanda persistente y señalan que, aun con la asistencia oficial, deben recurrir a donaciones, rifas y otras formas de solidaridad.

Por un lado, resulta indispensable que existan políticas capaces de garantizar que ningún chico quede sin alimentarse. Por  el otro, la magnitud alcanzada por esa asistencia obliga a preguntarse por las condiciones económicas y sociales que hacen que tantos dependan de ella. Garantizar que todos los niños puedan alimentarse adecuadamente es una responsabilidad inmediata y que nos debería interpelar a todos.